Las Furias

Publicado: 16 diciembre 2007 en General, Relatos

Aqui os dejo un relato que he encontrado por internet. A mi me ha gustado bastante y tiene algunos trozos que dan que pensar.

No hay mucha diferencia entre ser un preso y ser un enfermo mental, o al menos eso creo. Nunca he estado en la cárcel, pero si en centros como este. Comes cuando te dicen que comas y (…). Quizás la única diferencia entre ser un recluso y un enfermo es que a los primeros los tratan como hijos de puta que merecían morir y a los “insanos” como si fuésemos retrasados, incapaces de decidir y pensar por nosotros mismos. Incapaces de decidir si preferimos vivir con nuestra locura o en el mundo que nos obligan.

¿Qué diga todo lo que pienso?, ¿en serio? ¿y este es el mejor comecocos que han podido encontrar?¿quiere que le diga que me parece un gilipollas que no tiene ni zorra de lo que está hablando?¿preferirá que entre en detalles de mi familia, de mis amigos, de lo que me rodea? Sé que el problema no está fuera, da igual lo que diga, da igual lo que haga. Simplemente es parte de mí. Mi problema soy yo.

 

  • ¿Debo tomar tu silencio como muestra de timidez o de tu enfado?

  • Simplemente no tengo nada que decir…

  • Pues no es lo que me han dicho las enfermeras, me han dicho que estas todo el día protestando.

  • Perdón, me he expresado mal. No tengo nada que decirle a usted. De hecho, sé que da igual lo que le diga, ¿no es cierto? Si le hablo de mi padre pensará que me lo quería follar y que mi deseo quedó cristalizado. Si le hablo de mi madre estará seguro de que tenemos una competencia insana por demostrar quién es la mejor. Si le hablo de mis amigos hablaremos de mi supuesto complejo de inferioridad, de mi supuesto problema con el control…. Que mas da, prefiero estar callada, ya conozco todas las respuestas que suelen dar…

  • Noto mucha ira en tus comentarios, mucho resentimiento. ¿De dónde procede?

 

Si cuando digo que es gilipollas me quedo corta, es retrasado mental. Y lo peor, es mi loquero. Es tonto del culo, machista recalcitrante que nos trata como si fuésemos cortas y débiles, fomentando la actitud dependiente solo para sentir que alguien le necesita, solo para demostrar…

 

  • Estás muy meditabunda hoy, ¿no quieres compartir nada conmigo?

  • No creo que le gustase oír lo que estoy pensando. Es más tengo la teoría de que cuando alguien le dice algo que no quiere oír simplemente le tacha de loco, ¿me equivoco?

  • Veo que no me tienes en demasiada estima. Pero debes de entender que si he sido muy duro, estricto contigo es por que veo que tiras por la borda todos los progresos que realizas, y es una verdadera lástima.

 

Hijo de la gran puta, tres semanas atada a la cama no es ser un poco duro, es ser un jodido torturador

 

  • Me gustaría que entendieses que todo esto lo hago por que estoy convencido de que es lo único que puede ayudarte, lo único que puede hacer que recuperes tu vida.

  • ¿Ayudarme? ¿recuperar mi vida? ¿en serio es tan pretencioso como para creer saber mejor que yo lo que necesito? ¿realmente está tan ciego? ¿le ha nublado tanto el juicio la soberbia? Dice saber mejor que yo lo que necesito, si no me equivoco ese suele ser el principal argumento de los violadores y los maltratadores, ¿es que quieres follarme, doctorcito?

 

Y por un simple manotazo en la mesa y hacer una broma que no le ha gustado estúpido cazamoscas me gano una visita con el psiquiatra para que me empastille bien y no moleste, amén de otra semana esposada y torturada en mi propia cama.

 

Y lo único que puedo hacer es pensar, todo el día dándole vueltas a lo mismo, a nada, perdida en la furia, en el agobio. No puedo ni ir a mear sola. No puedo ducharme sola, ni siquiera lavarme los dientes. Les odio a todos. Solo quiero que se mueran, de una forma dolorosa, de una forma lenta y cruel. Llevo siete días en la jodida cama. Por 24 horas, son 168 horas aquí plantificada. Y teóricamente es malo pasar más de ocho en la cama. Joder, me estoy volviendo realmente loca. Me queda oír voces, por lo menos no estaría tan sola.

 

Me han preguntado un millón de veces cómo empezó todo, cómo pasé de ser la niña buena que todo el mundo quería y admiraba a ser una “persona mentalmente desequilibrada” (uno de mis eufemismos preferidos); me han preguntado un millón de veces por qué no quiero seguir viva, por qué destruyo todo lo que toco, por qué disfruto haciéndolo… Lo más divertido de eso es que alguien realmente crea que yo tengo las respuestas.

 

No sé por que empezó, ni siquiera sabría decir cuando. ¿a los 15? ¿14? Más o menos a esa edad. Supongo que todo iba bien, o todo lo bien que suele ir todo, hasta que se despertó. Se despertó lo que yo llamo (muy mal hecho según tres de mis antiguos terapeutas y el nombre correcto según otros cuatro) mi energía, mi fuerza, lo poco que me moviliza, lo que me permite respirar. Tampoco sé por que se despertó, simplemente lo hizo, y en el fondo, por mucho que digan que es mi condena, es lo mejor que me podía haber pasado….

 

Llega Berta, la enfermera, con la misma cara de zorra de siempre, con esa medio sonrisa en la boca. Es una jodida meapilas amargada que piensa que hacer lo correcto está por encima de lo que otros crean que está bien o mal; sería la típica que haría parir a una niña de 12 años solo por que éso es lo correcto, mientras que el aborto no es más que una abominación llegada del averno, es de ese tipo de imbéciles. Es una de las personas más estúpidas y mentalmente ineptas que he conocido, pero aun creyendo en almas, dioses, vírgenes, cielos e infiernos no la consideran loca, sino un ejemplo a seguir de lo que debe de ser una buena mujer: piadosa y tonta. En el fondo no es más que una sádica, estando aquí con nosotras se siente superior, cosa que fuera de estas cuatro paredes no debe pasarle habitualmente. Y aunque ella todavía no lo sabe, tarde o temprano le haré sufrir.

 

  • Hola Elisa, ¿cómo estás hoy?, ¿tienes hambre? Te he traído un poco de sopa, pechuga a la plancha con ensalada y de postre un Mouse de chocolate. Sé que te gusta y aunque no está en tu plan de dieta se puede hacer una pequeña excepción, ¿no?

  • Ah, genial, estupendo, muchas gracias, la verdad es que el chocolate siempre es bien recibido, Déjalo por ahí que voy primero al baño y después ya me lo como.

  • Sabes que no puedo hacer eso. Tengo que estar contigo tanto en el baño como mientras comes, lo siento, pero ya sabes que no puedo hacer otra cosa. Tómatelo con calma y me adapto a tu ritmo.

 

La odio, jodida autocomplaciente, no necesito que ni tu ni nadie me vigiléis, no estoy enferma, no estoy loca, solo estoy…

  • María, ¿estás bien? Te has quedado con una cara un poco rara

  • Ah, si… nada, estaba a mis cosas. ¿no podrías hacer una excepción hoy, en serio? Solo quiero sentirme adulta y comer yo solita, no como si tuviese tres años y no hubiese aprendido a usar el tenedor… te prometo que me porto bien

  • Ojalá pudiese echarte una mano, pero sabes que no puedo hacer nada al respecto.

 

furiosa, enrabiada, absorbida por el odio. Es furia, una furia metálica, es como si poco a poco se me fuese congelando la sangre dentro de las venas y con cada milímetro que el hielo avanza siento menos cariño, menos amor, menos miedo… menos todo, salvo ese odio que me empuja a seguir, a pensar, a procurar liberarme de…

 

  • Vamos que te acompaño al baño. Primero te voy a soltar los amarres de la cama, así ves ya está. Ahora vamos al baño. Si quieres lo que podemos hacer es que dejes la puerta entreabierta y yo te espero fuera, es lo único que te puedo ofertar.

  • Está bien Berta, muchas gracias, eres un sol.

 

Zorra petulante, a otra con esa falsa sonrisa y ese disfraz de buena samaritana. Yo te veo tal y como eres, y no eres mejor que yo, te lo aseguro.

 

No hay mucha diferencia entre ser un preso y ser un enfermo mental, o al menos eso creo. Nunca he estado en la cárcel, pero si en centros como este. Comes cuando te dicen que comas y lo que te dicen que comas; tomas las pastillas que te prescriben, por las buenas o por las malas; haces ejercicio si te dejan; hablas con quien te lo permiten. Quizás la única diferencia entre ser un recluso y un enfermo es que a los primeros los tratan como hijos de puta que merecían morir y a los “insanos” como si fuésemos retrasados, incapaces de decidir y pensar por nosotros mismos. Incapaces de decidir si preferimos vivir con nuestra locura o en el mundo que nos obligan. A los esclavos negros que huían les diagnosticaban el delirio de la huida, ya que eran esclavos por nacimiento y obra y gracia de algún dios sádico. A los que no queremos vivir como es “socialmente aceptable” nos consideran locos o terroristas, dependiendo de cuanto molestes a los demás.

Meo por que me desatan y me lo permiten. Vuelvo a la cama, estar de pie es un privilegio que perdí hace dos semanas después de una pequeña trifulca.

 

-Bueno pues, ¡buen provecho!

– Gracias Berta, la verdad es que tiene buena pinta pero no tengo mucha hambre…

– Tranquila, poco a poco. No hay prisa, me quedo contigo.

 

Estupendo, que ilusión, tengo a una beata oliéndome el culo mientras como, ¿qué más se le puede pedir a la vida?

 

  • Oh, Berta, seguro que tienes cosas mejores que hacer.

  • Todo puede esperar… por cierto, a Eva le han quitado los puntos…

  • Ah, y ¿eso me lo dices por…? Ya os dije que me da igual si está bien o mal; viva o muerta. No, de hecho prefiero que esté muerta así no tendría que verla (bueno eso es un decir no veo más que cuatro jodidas paredes) y oír como todo el día está lamentándose de lo desgraciada que es.

  • Por favor Elisa, no digas eso, sé que eres una buena persona y que es tu enfado el que habla. De todas formas no sé que te pudo hacer que fuese tan grave como para… bueno, como para que te enfadases tanto y perder todos los privilegios que habías ganado.

  • Berta, Berta, la curiosidad mató al gato.

 

Qué me hizo, ¡ja! Qué le hice. Siempre me ha encantado el olor a hierro, pero el olor a hierro que rezuma la sangre, especialmente la ajena, claro. Romperle el vaso en su preciosa cara fue… fue… cómo explicarlo, fue una sublimación, fue dar rienda suelta a mis deseos, fue tener por tres segundos el jodido control sobre mi vida. Y aunque me suponga mil años de correas, sondas y vigilancia no me arrepiento. Fue como el mejor de los polvos, fue como follarse a dios. Sentí que toda esa furia se liberaba, salía de mí un momento para después retornar, más fuerte, más gélida. Es la mejor sensación del mundo. Coge aire, todo el que puedas. Mantenlo dentro hasta que notes que te empiezas a marear, notarás dolor, angustia. Aguanta un poco más y cuando sientas que revientas expúlsalo. Esa sensación, ¿la notas?, ¿liberación?, ¿paz?, llámalo como quieras, multiplícalo por infinito y te harás una idea aproximada de cómo me sentí yo. Cojonudamente.

 

Como por que me vigilan y no me queda más remedio que hacerlo. Podría negarme en redondo, cierto. Podría decirles que se metan la jodida comida por el culo, la caguen y se la coman ellos. Pero entonces me atarían a la cama, me meterían una sonda por la nariz hasta el estómago y la irían metiendo poco a poco. No es demasiado agradable, es más no entiendo cómo pretenden que eso te siente bien cuando las nauseas que provoca son insufribles.

Corto la comida en trozos pequeños. No es por ninguna de las gilipolleces por las que lo hacen las demás; muchas piensan que si cortas la comida en trozos pequeños engorda menos, o que si comes en un determinado orden o masticando mucho tampoco ganas peso. Lo dicho, son gilipollas. Yo lo hago por dos motivos: primero y más importante, por que es de los pocos momentos del día en que no tengo las manos atadas a la cama y es bastante agradable notar circulación por los dedos. Y segunda, menos importante pero más divertida, probar hasta dónde llega la paciencia de Berta. Hay que decir en su descargo que es de las personas más calmas con las que he topado. Ayer tardé en comerme un trozo de merluza una hora y cuarto, y no dijo ni pío al respecto. No cesaba en su cháchara incesante (¿será su contraofensiva?, ¿a ver hasta cuando la aguanto parlotenado?), hablando de banalidades, en lo que ella debía pensar era una agradable charla entre carcelera y presa.

Me como la sopa, despacio, con mucha calma. Cucharada a cucharada y con pausa entre medias. Al contrario de la que dicen las demás yo si que disfruto de la comida. Pero llamar comida a la mierda que nos dan sería demasiado pretencioso, cualquier persona en su sano juicio ayunaría antes que tragar esto. Pero es lo que hay, y o me lo como o me lo meten por la nariz a la fuerza…

 

Paso a la pechuga. Tengo mi propio ritual. He de reconocer que me gustan los rituales. Me gusta hacer las cosas siempre igual. Si uno se para a pensar se da cuenta de que todo cambia, no hay dos días iguales. Pasas por el colegio y cuando te habías acostumbrado te mandan al instituto, entre tanto tu cuerpo ha cambiado, tu forma de pensar también. De ahí a la universidad o a currar. Percibimos cierto parecido entre los días, cierta constancia. Pero es falso. La gente que es tu amiga suele dejar de serlo en poco tiempo, por no hablar del amor, que dura tres años, la gente que está viva muere y otra nace. Vives en un sitio y te mudas, recuerdas un edificio que lo derriban, cambian un parque por urbanizaciones, llegan personas y se van otras. Cada día hay pequeñas modificaciones y esos pequeños cambios se van sumando, y al final de un solo año todo ha cambiado, todo es diferente. Los rituales me permiten sentir cierta constancia, sentir que algo no varía, aunque sea algo tan superfluo como la forma de comerse el filete de pollo o de ordenar las bragas en un cajón. Corto el filete de pollo a la mitad longitudinalmente, separo los dos trozos. Empiezo por el que queda a mi izquierda, lo vuelvo a cortar de la misma forma, y así sucesivas veces hasta que es prácticamente imposible volver a hacerlo, entonces los parto por la mitad. Me como poco a poco cada trozo, lo pincho junto con un pequeño pedazo de lechuga y otro de tomate. Voy despacio, intentando abstraerme de la estúpida conversación de Berta que me habla mientras ojea una revista, creo que está hablando de lo guapa que era Sofia Loren de joven. Asiento con una sonrisa, bueno lo que ella cree que es una sonrisa. Realmente estoy enseñándole los dientes como hacen los perros, le estoy advirtiendo de que en breve voy a atacarla, que voy a morder su grasiento brazo hasta que note el sabor a sangre, hasta que la oiga suplicar que pare. Es coña, solo me recreo pensándolo. Realmente Berta no me ha dado la excusa necesaria para darme el gustazo. Y eso que llevo alerta, esperando ese maravilloso momento toda la puta semana que me he pasado atrapada en la cama. Día tras día, esperando que diga algo, que haga algo, que me de la oportunidad Mientras tanto me recreo imaginando cómo la amordazo, la ato a la silla y la estrangulo con una cuerda de piano; viendo cómo se va poniendo cada vez más y más azul, viendo sus ojos salirse de las órbitas, como va exhalando su patética vida hasta convertirse en un pedazo de carne no más vivo que el bistec que estoy a punto de comerme, mientras en mi cabeza no hace más que sonar “I wanna fuck you like an animal”.

Empiezo a cortar la otra mitad del filete. La sensación de estómago lleno es cada vez más desagradable. Leí un cuento de pequeña. Hablaba de los cosacos, unos hijos de puta realmente listos. Cercaban las ciudades durante meses, hasta que estaban prácticamente seguros de que no quedaban reservas de comida ni de agua (normalmente lo sabían cuando empezaban a oler los cuerpos de los muertos por inanición calcinados por los supervivientes para evitar infecciones), entonces esperaban unos cuantos días, forzando así la muerte de los mas débiles. Y llegado este punto, el toque de gracia: metían en la ciudad una carreta cargada hasta los topes de comida y agua. La gente se abalanzaba y comía todo lo que podía. Y después morían. No por que la comida estuviese en mal estado o envenenada, sino por que después de un largo ayuno el cuerpo no asimila los alimentos y entras en shock. Te mueres. Supongo que tendrían una sensación parecida a la que yo siento ahora.

Pero a ellos les da igual, me miran como si fuese una loca, que no niego serlo, bueno, al menos en parte. Loco. Una palabra interesante, misteriosa y hasta atemorizante. Quién está más loco, un ingeniero que sostiene que los extraterrestres le envían mensajes por medio de ondas al cerebro, un cura que piensa que hablando con el aire después de muerte no será comido por los gusanos por que una parte ilocalizable, no palpable de su cuerpo irá al cielo, un presidente mediocre que por sus propias ansias de poder lleva a un país a la guerra, siendo culpable de muertes y de otra nación destruida, quien se enamora y ve en el otro a su mitad perfecta… Quién esté libre de locura que tire la primera piedra.

Termino el pollo. Voy a vomitar, necesito hacerlo. Necesito echar todo esto de mi interior, liberarme. Según el psicólogo es pérdida de control. Por decirle que era cierto gané el poder ver la tele por las noches. Pérdida de control. Es justo lo contrario, es paz, es alivio. Es como cuando tienes una pesadilla espantosa, aterradora y te despiertas. Ese momento en el que te das cuenta de que sólo era un sueño, ese respiro. Así me siento yo cuando vomito la comida, ligera, etérea, liberada. Aunque ahora no puedo hacerlo claro, en cuanto termine de comer me atarán otra vez a la cama. Si digo que quiero ir al servicio Berta vendrá conmigo y no me quitará ojo. No, no puedo hacerlo. Por lo menos ahora.

 

  • Berta, te agradezco infinito que te hayas tomado la molestia de traerme el Mouse, pero no me cabe.

  • Venga Elisa, un pequeño esfuerzo, sólo pruébalo, ya verás que rico, seguro que haces sitio.

  • Ya sabes como hago yo sitio.

  • ¡Elisa! Tienes que tener una actitud más positiva, tienes que olvidarte de tu antigua yo, renace, búscate… Estás confusa, no te das cuenta del daño que te estás haciendo y del daño que les haces a quien te quiere, tu familia, tus amigos…

 

Renacer, buscarme a mi misma, alguna gente tendrían que prohibirle ser un profesional sanitario. Que ella sea estúpida no significa que yo lo sea.

 

 

  • No voy a comerme el dichoso Mouse, me he comido la sopa, la pechuga, la ensalada, incluso pan. No veo la necesidad de sobresaturarme, ¿no?

  • ¿Ni lo vas a probar? Sólo un poco, como un premio…

  • ¿Usas la comida para reforzarte? Pna, pna, Berta, eso no se hace. Creo que deberías pedirle hora al doctor Jiménez, a lo mejor tienes problemas con la alimentación. ¿Sientes que los demás te rechazan?, ¿te refugias en la comida para no aceptar quien eres?

  • Elisa, por favor, ¡qué tonterías dices!, ¿cómo voy yo a tener un problema con la comida?

  • Quizá no por defecto… quizá por exceso; sabías que algunas mujeres que no se sienten a gusto con su cuerpo adelgazan de forma exagerada para parecer niñas?, otras sin embargo se ponen como vacas para que nadie se les acerque…

  • ¿Me estás diciendo que estoy como una vaca?, bueno, eso no es tan malo. Dentro de dos horas saldré de aquí y me iré a mi casa a disfrutar de un buen baño, a ver una peli, puede ser que salga… ¿tienes planes?

 

 

Sonrío, por fin me ha dado la excusa, no es que haya cometido un gran agravio pero, ¿qué más da? Por qué debe preocuparme… llevo siete días macerando mi odio en la cama, ella… es simplemente un daño colateral. No me importa lo que le pase, no me siento responsable, aunque sea yo misma quien la haga sufrir. Soy el fruto podrido de una especie corrompida en la que absolutamente todo es justificable. Es un ser humano repugnante, despreciable, es mezquina. Somos seis mil millones de humanos. Decir que la vida humana es importante, que es sagrada es simplemente mentir. Solo es importante para quien te conoce, para el resto no eres más que un número, una estadística. El ser humano nunca ha llegado tan alto como cree. Aunque se me ocurre algo mejor que arrancarle un trozo de piel…

 

  • Eso es lo que más me gusta de ti Berta, en el fondo eres mucho peor que yo. Decís de mi que soy cruel, ¿y tu? ¿Te has mirado hoy al espejo? Estás recordándole a una enferma mental que lo es y que por ello hoy va a seguir atada a la cama…

  • No era mi intención ser cruel, sólo quería ejemplificar que no es el peso, y la comida, es decir, la obsesión por el peso y la comida no pueden…

  • ¡ENFERMERA, SOCORRO, POR DIOS SOCORRO!

 

 

que me lo arranque ella a mi. Grito todo lo que puedo, grito como si la vida me fuera en ello; miro a los ojos a Berta y agarro sus manos con firmeza, la suficiente como para que no se suelte, pero sin llegar a dejarle marcas, y con sus uñas me araño la cara. ¿Autolesión o una enfermera que perdió la paciencia con una desequilibrada odiosa? Dejaremos que el gerente de la clínica decida. Me mira a los ojos y veo pánico, no sabe que hacer, el mundo se le está cayendo encima, ella solo trata con niñitas que deciden que no quieren comer o que simplemente dejan de hacerlo. Ahora le toca capear este temporal. Sólo quiero causarle daño, darle miedo. Yo sigo gritando y arañándome. Puedo ver las primeras manchas de sangre en sus dedos. No es que esté haciendo gran cosa pero la sangre siempre es espectacular, nos despierta las fobias más primitivas. Calculo que ya estará a punto de llegar la enfermera y suelto a Berta. Lo primero que hace es mirarse las manos y efectivamente están manchadas con mi sangre. Suerte para ella que no tengo nada contagioso. Se aparta, se va a la esquina de la habitación y me mira. Está aterrorizada. Me encanta esa expresión en la cara de los demás.

  • Pero Elisa, ¿qué…? ¿por qué…? Yo…

  • Para que cuando te estés dando tu fantástico baño tengas un buen motivo para frotar.

 

 

En ese momento entra Isabel, la otra enfermera de mi planta. Es joven. Parece mejor persona que Berta. Mira como lloro mientras me acaricio la cara sanguinolenta. Después mira como Berta intenta limpiarse la sangre de las manos en la bata de enfermera. No hay que ser Sherlokc para darse cuenta de lo que pasa.

 

 

  • Pero Berta, ¿qué has hecho?- pregunta horrorizada.

  • Yo… No… Ella…-

 

 

La muy lerda está medio catatónica, está acojonada. Se ha quedado en una especie de trance que la hace parecer más fría y culpable de lo que yo esperaba. Hay gente muy blanda.

Me preparo para mi actuación estelar, pasen y vean señoras y señores a la única,…

 

 

  • Gracias que has llegado Isabel…

 

 

la inigualable…

 

  • …. Se ha vuelto loca…

 

la colosal…

 

  • … decía que estaba harta de que tardase tanto en comer…

 

la sorprendente…

 

  • … y entonces empezó a …

 

la cada día más fuerte e hija de puta

 

  • … empezó a arañarme la cara.

 

Elisa la Grande, el azote de las enfermeras, el terror de los comecocos.

Y aqui teneis la pagina de la que he sacado la historia:

Las Furias

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