Sexus

Publicado: 28 diciembre 2010 en General, Literatura

En el metro, frente a los agotados viajeros nocturnos de la gran ciudad, me sumí en una profunda introspección, como la que sobreviene a los protagonistas de las novelas modernas. Como ellos, me hice preguntas inútiles, me planteé problemas que no existían, hice planes para el futuro que nunca llegarían a realizarse, dudé de todo, incluida mi propia existencia. Para el protagonista de novelas modernas el pensamiento no lleva a ninguna parte; su cerebro es un colador en que lava las verduras mentales estropeadas. Se dice que está enamorado y se sienta en el metro en movimiento intentando correr como una alcantarilla. Se engaña a sí mismo con pensamientos agradables. Por ejemplo, éste: probablemente él esté arrodillado en el suelo, acariciándole las rodillas: está subiendo despacio su sudorosa manaza por la fresca carne; le está diciendo en lenguaje glutinoso que es única; los trescientos dólares nunca han existido, pero, si consigue metérsela, si consigue que abra las piernas un poquito más, intentara reunir un poco, mientras ella desliza el chocho cada vez más cerca, con la esperanza de que se contente con mamárselo y no la haga llegar hasta el final, se dice a sí misma que no es traición, porque ha advertido a todos y cada uno con explícita franqueza que, si no le quedaba mas remedio que hacerlo, lo haría y algo ha de hacer. Pobrecita, es muy cierto y muy urgente: no le cuesta demasiado trabajo salir airosa, porque nadie sabe cuántas veces se ha dejado joder por un poco de calderilla; tiene una buena excusa, al no querer que su padre muera como un perro; ahora tiene la cabeza de él entre las piernas y siente el calor de su lengua; se desliza un poco más abajo y le rodea el cuello con una pierna; está brotando el jugo y se siente más cachonda que nunca; ¿es que va a someterla al suplicio de Tántalo durante toda la noche? Le coge la cabeza y le pasa los dedos por su grasiento cuello; aprieta el coño contra la boca de él; lo siente venir, se retuerce y culebrea, jadea, le tira del pelo. ¿Dónde estás?, grita para sí misma. ¡Dame esa gruesa polla! Le tira frenéticamente del cuello de la camisa, le da un tirón y le obliga a levantarse; en la obscuridad su mano se desliza como una anguila hasta la abultada bragueta, toma con la palma los gruesos cojones inflados, rastrea con el pulgar y el índice el tieso cuello de gallina del pene hasta donde se pierde en lo desconocido; él es lento y pesado y jadea como una morsa; ella levanta las piernas bien arriba, le rodea el cuello. ¡Métela, tontaina! Ahí no… ¡aquí! La empuña y la conduce al establo. ¡Oh, qué bueno! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh, Dios mío, así está bien! Déjala ahí, conténte, conténte. Métela más adentro, hasta el fondo… eso, así, así. ¡Oh, oh! Él está intentando contenerse. ¡Está intentando pensar en dos cosas a la vez! Trescientos dólares… tres sábanas. ¿Quién me los dará? ¡Hostias, que maravilloso es! ¡ Quédate así, joder! ¡Aguanta! Él está sintiendo y pensando a un tiempo. Siente una almejita sin concha que se abre y se cierra, una flor sedienta que le abraza la punta de la picha. No te muevas ahora, se dice a sí mismo. Contémplalo simplemente con los ojos cerrados. Cuenta uno, dos, tres, cuatro. ¡No te muevas, cacho puta, que me corro! ¡Otra vez así! La hostia, ¡qué coño! Busca sus tetas, le rasga el vestido, le lame un pezón ávidamente. No te muevas ahora, chupa y basta: así, eso es. ¡Despacio ahora, despacio! Joder, si pudiéramos quedarnos así toda la noche. ¡Hostias, ya viene! ¡Muévete, cacho puta! Dámelo… más deprisa, más deprisa. ¡Ah, ah, sss, bum, blam!
Nuestro protagonista abre los ojos y vuelve a ser él: es decir, el hombre conocido aquí como yo mismo, quien se niega a creer lo que la mente le dice.

Sexus, de Henry Miller

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